viernes, 24 de enero de 2014

La tos de la esclavitud

La tos de la esclavitud

Claudia Rafael (APE)

Fue 111 años después de que la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires promulgara la Ordenanza de Profilaxis General de la Tuberculosis, para evitar la propagación de la enfermedad, en que un informe judicial reveló el aumento del 25 por ciento entre 1985 y 2011. Hay una “expansión progresiva de la tuberculosis en la Ciudad de Buenos Aires” que –agrega la investigación, que lleva la firma del fiscal federal Nº 6 Federico Delgado- es “un claro síntoma de las relaciones de explotación capitalista”.

El 60 por ciento de los pacientes enfermos de tuberculosis que se atienden en el Hospital Piñero, de Flores, están esclavizados en talleres clandestinos (Página12, 6 de enero de 2014) que “víctimas de trata, llegan al país ya contagiadas y desarrollan la enfermedad en contextos de hacinamiento y escasa ventilación, nutrición y descanso adecuado. En esos ámbitos se producen nuevos contagios. Al mismo tiempo, la misma situación de explotación y trabajo esclavo obstaculiza el acceso a la atención médica y los tratamientos adecuados porque el enfermo tiene temor a perder su trabajo si se descubre que tiene tuberculosis”.

La historia misma de la humanidad está atada al Mycobacterium tuberculosis. Ha resistido a los tiempos. A los embates de cada período de vida del género humano. “Continuamente tosen y con frecuencia escupen sangre”, decían textos médicos escritos 700 años antes de la era cristiana. Pero estalló sin freno al compás del crecimiento de la vida urbana e industrial que era el caldo de cultivo perfecto para la enfermedad. No es casual, entonces, que poetas anarquistas como Evaristo Carriego le escribieran a ese “residuo de fábrica”. Y que tantos tangos describieran en detalle finales terribles y dolorosos paridos en los márgenes oscuros y hacinados de la ciudad. (Paloma como tosías aquel invierno al llegar / como un tango te morías, en el frío bulevar, La que murió en París).

La inequidad, la vulnerabilidad, la marginación, el hacinamiento, han sido hermanas siamesas de la enfermedad. De los contagios detectados por estos días en 13 escuelas porteñas, el grueso afectaba a chicos que crecían en contextos ligados al trabajo textil: muchos –dice el informe de la fiscalía federal de Delgado- “vivían en los mismo sitios de trabajo en condiciones de enorme precariedad”.

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Las migraciones han sido –desde la conformación de Argentina como nación- un elemento constitutivo del Estado. Cada tiempo político ha promovido orígenes determinados para los colectivos que llegaban a estas geografías en busca de un pedacito de sueño. Y cada era, en función de su vestimenta ideológica, ha pergeñado restricciones o facilidades, leyes de apertura o de expulsiones, abrazos o ejecuciones. “Los extranjeros que llegaron a nuestra tierra eran hombres de condición humilde, en busca de un país donde sembrar sus sueños, pero estaban lejos de parecerse a los cultos y laboriosos obreros ingleses con que se alimentaron los mitos de los hombres de los 80 que verán en los inmigrantes una promiscuidad carente de categorías, amorfa e incómoda, irritante mezcolanza que día a día va alcanzando unas dimensiones intranquilizadoras” (Alberto Morlachetti, Que cien años fue ayer).

El Mycobacterium tuberculosis ha oficiado de brazo ejecutor de limpiezas étnicas. Y ha dirigido su mira con particular pulcritud y pulso inmejorable a los desarrapados de los tiempos. De esa bacteria feroz se han valido los detentores del poder. Durante el Congreso Americano de Ciencias Sociales en la Tucumán del centenario de la independencia, Clodomiro Cordero señalaba: “Hemos recibido cuanto desecho humano nos envía Europa (…) Seres inferiores, tarados, corrompidos, disolventes, cuando no criminales” (Que cien años fue ayer). De seres trabajadores y necesarios ascendieron, en el imaginario, a las pirámides de la peligrosidad más perversa.

El perfil de las inmigraciones en Argentina fue mutando. Nunca emigrar fue una elección. Ajeno a las opciones individuales, las migraciones cargaron sobre sí aquel viejo precepto griego de que ser y estar eran una unidad indisoluble. Los inmigrantes, lejos de ese espacio en el que despliegan su “estar” desde siempre, fueron perdiendo en el camino buena parte de su identidad. Atrás quedaron sus petates, su historia, sus olores, las cancioncitas de la vida cotidiana, como un recuerdo que irá creciendo en ese dolor agudo y capaz de matar que suele ser la nostalgia. Pero jamás pertenecerán del todo a esa nueva geografía a la que llegaron con la tajante y férrea orden de no expandir sus huellas.

Históricamente fue la búsqueda de un pedacito de cielo la causante primaria de la migración. Un sitio lejano a las guerras, a las hambrunas extendidas, a la ausencia de futuro. En ocasiones, simplemente fue la mano tendida de un tío, amigo, primo. En tantas otras, un aviso publicitario en un diario, un comentario en el almacén. Y la osadía de salir a pelear la vida como sea en esa pugna por sacar la cabeza del polvo y de la miseria tan demarcadora.

Zarpar en el barco sin mirar atrás, subirse a la patera que aguantará sólo mientras pueda, dar un salto al techo hacinado de un tren que nunca conduce a la victoria o hacerse lugar como sea dentro de la caja de un camioncito cualquiera destartalado y abrasador. Sólo uno entre miles suele tocar un diminuto pedacito de cielo con las manos. Las mayorías soportan golondrinamente un presente atroz y aplastador. O terminan mansamente confinados como esclavos en talleres textiles en los que repetirán por horas y sin respiro el mismo y desganado movimiento de hastíos que los vaciará de fuerza para el grito y la rebelión.