miércoles, 16 de octubre de 2013

DEMOCRACIA Y ESCUELA: UNA REFLEXIÓN Y UN DESAFÍO

DEMOCRACIA Y ESCUELA: UNA REFLEXIÓN Y UN DESAFÍO
Publicado el 15/10/2013
Por Juan Carlos Gottifredi
La democracia es un sistema organizativo, adoptado por una gran mayoría de Naciones, para elaborar y establecer sus normas de convivencia. Está fundamentado en tres pilares: la igualdad de derechos y obligaciones de todos los ciudadanos, la libertad solo restringida por el cumplimiento de las normas, y la solidaridad que haga efectiva la constitución de una sociedad para compartir un destino común. Toda vez que, por cualquier motivo, se obstaculiza el ejercicio de cualquiera de estos principios comienza a peligrar la integridad el sistema democrático.

Sin embargo, la calidad y el estilo de la democracia, de cada Nación del planeta, son distintos. Se trata de una construcción social y dinámica. Como tal responde a la síntesis de la historia, idiosincrasia, identidad y conducta de cada sociedad. Es el resultado del esfuerzo, de los sacrificios y las luchas libradas por cada uno de los pueblos a lo largo de su historia. Cada derecho establecido y cada obligación asumida, debe ser la consecuencia de una expresa voluntad popular y de ninguna manera la concesión graciosa de un gobernante de turno. Todo lo que se haga sin apoyo explícito es efímero. No constituye un jalón en el camino.

La democracia cuesta definirla en profundidad por cuanto es un ideal, que nos esforzamos en alcanzar, pero que resulta esquivo. Cuando creemos que estamos cerca de la meta, ésta se corre. Es totalmente compatible con una sociedad que busca perfeccionar y ampliar el contenido de sus derechos y obligaciones. Pero, como toda construcción social, no es perfecta. Sabiamente nos ofrece periódicamente la posibilidad de rectificar el rumbo. Lo importante es que su accionar sea evaluado positivamente por la sociedad al percibir su utilidad en la remoción de los obstáculos, de cualquier naturaleza, que impiden el crecimiento personal y colectivo.

Evitando divagaciones, vale la pena reproducir un párrafo de un escrito del Instituto de Investigaciones económicas de la CGE Argentina, en plena época de la hiperinflación: "Las sociedades democráticas adquieren estabilidad y legitimidad cuando logran: mejorar el bienestar económico y social, ampliar las libertades políticas, suscitar la participación activa de sus ciudadanos, ensanchar los horizontes culturales y resguardar el núcleo básico y dinámico de valores éticos que conforman nuestra identidad." Es obligación del elegido, para administrar el Estado, explicitar repetidamente la planificación de su gobierno para permitir que la sociedad tenga la oportunidad de evaluar si los objetivos y las acciones son congruentes y ayudan a cumplir con cada uno de las requisitos enunciados para consolidar la vida democrática. No basta con evaluar el crecimiento económico. ¿De que serviría mostrar evolución positiva de ese indicador a costa de restringir libertades públicas o individuales? ¿Para qué crecer si el bienestar social, medido en función del acceso a derechos fundamentales como educación, salud y trabajo se deteriora? La evaluación no puede excluir la opinión directa de los ciudadanos hacia los cuales van dirigidos los planes de mejora. La opinión de sus circunstanciales representantes no sólo es impertinente, sino de escasa importancia.

Estarán los que aducen que el voto periódico es, en cierta medida, la gran encuesta nacional. Por lo tanto ¿para qué evaluar cada plan de gobierno? Simplemente para no perder tiempo y corregir cuanto antes los desvíos para no pagar el alto costo de oportunidad que desalienta la participación social necesaria para fortificar y legitimar la democracia. Administrar bien exige la evaluación continuada de cada programa, financiado con recursos de toda la sociedad, para demostrar que esas inversiones están produciendo los resultados esperados. Debe servir para rectificar lo que sea menester cuando las metas no se alcanzan o incluso para mejorarlas, a partir de las sugerencias de los destinatarios, cuando se observen buenos resultados. Una condición esencial de este mecanismo es la confección de datos absolutamente confiables que deben ser sometidos a la más amplia consideración pública.

Esconder la basura debajo de la alfombra no ayuda, no es el método. Hay que descubrirla mostrarla, estudiar su origen, tratarla, aceptando y escuchando opiniones discordantes y tratar de reformular la estrategia con el mayor grado de consenso posible. La imposición provoca rechazos, resistencias, exclusiones y no promueve la participación. La diversidad, por otro lado, es una condición esencial de la naturaleza. Sin ella, es posible que nuestra especie hubiera desaparecido hace rato en el planeta. Por lo tanto la uniformidad no ordena. Por el contrario destruye. En cada caso hay que saber interpretar las razones y restricciones que sostienen la diversidad y en base a ellas fomentar la apertura de caminos novedosos y diferentes para solucionar un mismo problema. Luego los resultados se podrán, en base al grado de satisfacción de los ciudadanos, analizar, comparar y someter cada experiencia a discusión para obtener creciente información y conclusiones que permitan avanzar con mayor seguridad y prontitud en la mejora de cada programa. Cuando la información es transparente y la discusión es abierta se incentiva la participación y solidaridad del ciudadano. Es un buen camino para promover el fomento de la construcción de valores comunes que nos identifiquen como miembros de una misma sociedad capacitada para enfrentar con éxito los desafíos que habrá que superar para asegurar un progreso sustentable en el tiempo.

El pueblo argentino realizó muchos esfuerzos, durante los últimos 30 años, para construir un Estado democrático. Pero no podemos ser condescendientes. Deberíamos haber avanzado mucho más. No se trata de repartir culpas sino de avanzar reparando e innovando. Nuestro pueblo no conforma una sociedad homogénea, condición necesaria para la estabilidad. El gran objetivo a cumplir es, sin dudas, alcanzar crecientes niveles de igualdad social o su equivalente: disminuir la exclusión. Tanto de los sectores más vulnerables como de los de muy altos ingresos. Los primeros son excluidos por culpa de las políticas aplicadas. Sus aspiraciones de crecimiento y movilidad no han sido atendidas con programas integrales continuados que permitan su participación en el reparto de los beneficios en épocas de crecimiento y socorridas durante los períodos de inestabilidad. Los sectores más acaudalados se excluyen voluntariamente, asumiendo una conducta insolidaria, tratando de formar comunidades autosuficientes con mínimo contacto con los demás sectores sociales. Buscan vivir en espacios cercados con reglas de convivencia propias, sosteniendo sistemas de salud, educación y seguridad de alto nivel para atender sus necesidades, mercado de trabajo de altos ingresos, sin competencias, asegurando un próspero porvenir a sus integrantes a medida que ingresen en la tarea productiva o bien viviendo holgadamente, sin producir, gracias a los recursos facilitados por sus familias.

El Estado democrático debe atender, con políticas de mediano y largo plazo, estos dos tipos de exclusiones evitando, por todos los medios, su persistencia y su incremento. Por supuesto se trata de planes integrales que atraviesan todas las áreas de su administración con un objetivo claro común. Esa es la gran tarea de quienes pretenden gobernar, durante las próximas décadas, con el claro propósito de librar el combate decisivo para ir eliminando las causas que provocan estas desigualdades. Entre todas las políticas una vez más emerge la escuela pública como la institución central del proceso de formación ciudadana. Se trata de la escuela que posibilita compartir, desde las edades más tempranas, espacios comunes con todos los niños de su barriada sin importar filiación, credo, raza o nivel económico. Esta es la escuela común de la Ley 1420. De esa manera se aprenderá, naturalmente, a desarrollar su intelecto aceptando que es posible convivir a pesar de la diversidad y que es mucho más productivo cooperar que confrontar. Es la escuela que retiene y forma a la juventud evitando la pérdida de los talentos que permiten convertir a la Argentina en un país competitivo basado en la capacidad intelectual de sus ciudadanos.

La prioridad absoluta es la escuela con todo el tesoro que ella alberga en su interior. Víctor Hugo dijo sabiamente "El porvenir está en manos de los maestros". Sin buenos maestros reconocidos y respetados por los demás ciudadanos no podremos asegurar un porvenir venturoso. La experiencia de Sarmiento demostró que la escuela inclusiva y diversa sirvió para que los argentinos pudieran gozar de los beneficios del ascenso social digno y del progreso, a través del esfuerzo y la dedicación, aún en un mundo convulsionado hasta por el flagelo de las guerras e incluso a pesar de gobiernos de origen elitista. Los dirigentes empresarios, políticos, los científicos, los profesionales, los jueces del mañana están hoy en todas las escuelas del país. No podemos permitir que se sigan perdiendo talentos por falta de políticas que faciliten la retención de la juventud en la escuela. No caben más dudas: La institución más importante de la República es la escuela. La escuela que educa para la libertad. Sin estas escuelas las demás instituciones de la República fracasarán por falta de ingenio, pericia y compromiso social de sus conductores.

De mis años en la universidad recuerdo el concepto que enseñó Risieri Frondizi. Sostenía que el hombre no nace libre, ni iluminado. Por el contrario, está sometido a la ignorancia y a los prejuicios. La única manera de ayudarlo a salir de ese encierro, es enseñando a desarrollar todo su potencial intelectual. El objetivo es emancipar un individuo para convertirlo en ciudadano. Aprender a dudar, a asombrarse, a descubrir por cuenta propia, a elegir su propio camino para lograr sus objetivos. A aceptar que la verdad es provisoria. El conocimiento se renueva cada vez en menos tiempo. A reconocer, desde edades tempranas, que la realidad que uno observa no es la misma que percibe nuestro interlocutor y que, casi seguramente, ninguno de los dos sea capaz de escrudiñar su inmensidad. A aprender a debatir, preguntando, escuchando y tolerando, a que sólo con dedicación, vocación y esfuerzo se pueden enfrentar los desafíos que nos depara el destino y a superar las dificultades con entereza y dignidad.

Necesitamos ciudadanos con ansias de libertad e independencia de criterio preparados para transitar caminos nuevos. Con capacidad para reconocer que no existen soluciones únicas frente a problemas reales. Cuando alguien apela a ese concepto para sostener su posición, es porque no quiere, no puede, no sabe o no supo buscar, en tiempo y forma, alternativas de las cuales se podrá optar, racionalmente, por alguna. Aún así, es necesario dudar y por lo tanto vigilar sus resultados para corregir una mala elección.

No basta con declarar ampulosamente que la educación es importante. Llegó el momento de poner a la escuela como la institución más importante de la República. La única capaz de recrear la esperanza de salir de la marginalidad con el esfuerzo propio. Preocupa escuchar la repetida promesa de asegurar la “igualdad de oportunidades”. Este concepto ha sido introducido por el neoconservadurismo para sostener las sociedades puramente meritocráticas que promueven la existencia de ganadores y perdedores. No son organizaciones sociales sustentables, como quedó demostrado en algunos países centrales. Por ese camino se incrementa la brecha entre ricos y pobres. Para conseguir la igualdad es preciso que el Estado invierta, per cápita, mucho más en la periferia que en el centro. Los planes puramente asistenciales sólo sirven para rotular quien es pobre incrementando la disgregación en lugar de la integración y sostenimiento de una sociedad. Sólo pueden aceptarse en períodos extraordinarios breves. Hay que procurar que, en cada escuela, la población de estudiantes responda lo más posible a la distribución social media de la localidad. Además, deben fomentarse sistemas de seguimiento, estímulo y ayuda para asegurar la misma composición social al ingreso que al egreso. Se deben cumplir los compromisos ¿De qué vale dictar una Ley de obligatoriedad del nivel medio si el 50% de los jóvenes entre 18 y 24 años no terminaron ese nivel formativo?

Se acepta que un buen nivel educativo puede facilitar una mejor inserción laboral. Ello es sumamente importante en una sociedad en la que se valora el trabajo incrementando la autoestima de quien lo ejerce y por supuesto, el nivel de vida. Pero la educación es en sí misma un factor importante para elevar la autoestima del ciudadano. No toda la población comprendida en el rango de 20 a 65 años es económicamente activa. Sin embargo puede cumplir una tarea sumamente productiva en su propia casa o en organizaciones sociales que se nutren de voluntarios.

Un gran defecto de los argentinos es la falta de respeto a las reglas de convivencia, que han sido muy bien concebidas por nuestros próceres, y al cumplimiento de los pactos sociales no escritos. Ello termina privilegiando la atención de los intereses de las corporaciones antes que el bien común. Es preciso conformar gobiernos que cumplan con el deber de legitimar la democracia en lugar de mentir, cooptar y someter con el único fin de mantenerse en el poder. La ética de la solidaridad, la reforma del Estado y la activa participación del ciudadano en la construcción colectiva de la Nación es la mejor contribución para la apertura de nuevos cauces para comprometer a las generaciones futuras en la tarea de alcanzar crecientes niveles de igualdad para la sociedad de los argentinos. Sin dudas, la escuela pública para la libertad, es la institución más importante de la República. Desde allí se comenzará a formar la ciudadanía y el sentimiento de pertenencia a una sociedad dispuesta a transitar un destino común para los tiempos.