martes, 5 de noviembre de 2013

¿QUIÉN AMENAZA LA PAZ?

¿QUIÉN AMENAZA LA PAZ?
Publicado el 04/11/2013
Por Guillermo Vidaurreta
En los libros escolares se suele enseñar que en el año 476 d.c. el Imperio Romano de Occidente “cayó” en manos de los bárbaros. En mi mente infantil siempre pensé que un ejército enorme de hombres de fiero semblante, se apostaron en las fronteras del Imperio y que un día determinado de ese año, algún jefe dio una señal y todos al unísono terminaron con la obra de los Césares. Sin embargo, cuando Odroaco derrotó al último Emperador romano de occidente – Romulus Augustus - la enorme superficie del Imperio ya había sido invadida y ocupada desde tiempo atrás por los pueblos germanos. Roma era por entonces una mínima expresión de lo que había sido su poderío. Esto explica la razón por la cuál, el célebre historiador francés, Marc Bosch, señaló que el Imperio Romano no “cayó” sino que se “derrumbó”. Los bárbaros no invadieron Roma para destruirla, sino para disfrutarla. Roma representaba para los bárbaros un nivel superior de vida y de organización social, política y jurídica. Roma, como muy exactamente resume Ortega y Gasset, se les presentaba a los germanos “como un repertorio de nuevos banquetes y mejores placeres”. Los bárbaros envidiaban el clima tibio del mediterráneo, sus fértiles planicies dóciles al cultivo y el mar azul que los conectaba con la civilización. Los bárbaros veían a Roma con la misma admiración que hoy miles de latinoamericanos, africanos y asiáticos, miran a EEUU y Europa. Pero la pax romanorum no era un paradigma de civilización ecuménica, sino un modelo singularmente egoísta, que reservaba exclusivamente a los romanos el disfrute de sus logros. Los bárbaros no podían ser romanos. Claro que a medida que el progreso y bienestar de los romanos fue aumentando, comenzaron a considerar que ciertos trabajos ya no eran dignos de ellos y dejaron que los bárbaros se ocuparan de estos menesteres. En el Bajo Imperio Romano, ya casi nadie quería integrar las filas de la legión romana, por lo tanto se comenzó a reclutar soldados y jefes bárbaros. De la misma manera que los países desarrollados hoy reclutan ciudadanos del tercer mundo para llevar adelante sus deseos de predominio y para hacer los trabajos “sucios”. Para estos trabajos los nuevos bárbaros son bien recibidos y no originan problemas ni raciales ni económicos.

La irrupción de los bárbaros no implicó la sustitución de la economía del dinero por una economía natural, antes por el contrario, demostraron ser pueblos industriosos y eficaces comerciantes. Bajo el viejo adagio germano “el aire de las ciudades hace al hombre libre”, las ciudades medievales se nutrieron de pobladores y progresaron. Ya en el siglo XII las más importantes ciudades europeas eran gobernadas por los gremios mercantiles y en el siglo XIII ya estaba definido el mapa que sin mayores cambios, recibirá la Europa de la edad moderna. Y en el siglo XV, cuando Europa ya se había apropiado y perfeccionado, de todos los grandes inventos de los países desarrollados de entonces – China, Imperio Bizantino, Imperio Otomano – se convirtió en una potencia mundial. Claro que el progreso entre las ciudades había sido dispar, lo que dio origen a una competencia despiadada por el predominio comercial y político, que derivó en un profuso espionaje industrial. Nadie quería que los secretos de fabricación de su ciudad se hicieran públicos, para evitar que las demás ciudades progresaran. En Venecia, Murano, Bolonia, Florencia, se castigaba con la pena de muerte la divulgación de estos secretos. Es que las nuevas sociedades surgidas de las entrañas de las ciudades europeas, tampoco era un modelo ecuménico. Dado que la pax villae de las ciudades medievales también reservaba a sus hijos el fruto de sus esfuerzos. Los primeros impuestos que cobraron estas ciudades fueron destinados a construir muros para repeler al invasor y para evitar el ingreso del “extranjero”. De la misma manera que EEUU levanta su empalizada en la frontera con México y los Europeos lo hacen para que no ingresen los nuevos sarracenos y hasta España levanta murallas para que no pasen, como otrora, los vástagos del Magreb.

No es necesario señalar que el proceso que asistió al retroceso del poder comunal a manos de las monarquías absolutas no hizo mella en los nuevos Estados nacionales ahítos de riqueza y pletóricos de sueños de dominación mundial: colonialismo, explotación, esclavitud, guerras imperialistas. Pareciera inevitable que el curso de estos acontecimientos hubiera culminado en los horrores de la primera y segunda guerra mundial. Luego del espanto del Holocausto y de Hiroshima y Nagasaki, un fuerte viento de humanismo y ecumenismo invadió el mundo. Pero, luego de Yalta y Posdam, quedó en claro que tan sólo se trató de una leve ventisca, que dejó como misérrimo legado de cara el futuro, una maltrecha ONU creada bajo la superioridad de los países que, triunfantes, se dividieron el mundo. ¿Y qué fue de la destruida Europa? Luego de algunas vacilaciones, en 1950 fijó las bases para la unidad. Las naciones que durante siglos se habían querido aniquilar ahora oraban rezos por la hermandad. ¿Para qué se unía el Viejo Mundo? ¿Para la Paz? ¿Para dar un ejemplo de un nuevo paradigma universal de confraternización? ¡No! ¡Europa se unía para la guerra! Se unía por el temor que tanto los europeos como los EEUU tenía del coloso soviético. Va de suyo, que un fin tan estrecho no podía tener consecuencias universales. Así, los países desarrollados se ensimismaron en la construcción de su propio bienestar, creando Estados política, jurídica y socialmente admirables, con un confort desproporcionado, militarmente fuertes para defender sus territorio e imponer su predominio, con absoluto dominio de la ciencia y la tecnología y un horizonte cultural amplísimo. Ante esta realidad, no es difícil vislumbrar que los ciudadanos de los países rezagados, con crisis económicas recurrentes, vieren a Europa y los EEUU como una meta de salvación individual, como aquellos bárbaros que pugnaban por ingresar a Roma. Pero el egoísmo de los países desarrollados no termina con expulsar al “extranjero” de sus tierras, sino que se aúna con el temor medieval a que otros países igualmente progresen y así levantan murallas intangibles para que su tecnología, su información, sus conocimientos, no pueda ser utilizados por otros. De este modo los países más modernos muestran su cara más retrógrada y despreciable ante una conciencia de humanismo internacional. Pese a sus discursos.

¿Adónde se dirigen los países desarrollados con estas avaras y pancistas políticas? ¿Todavía tienen miedo? ¿Qué clase de mundo pueden liderar seres temerosos?

¿Qué clase de paladines mundiales timoratos y provincianos se ocupan de liberar a sus pueblos de unos cuantos carteristas, cuando tienen en sus manos la posibilidad – y responsabilidad moral - de crear un mundo más feliz para todos? ¿Será que prefieren ser administradores de consorcios en vez de adalides del bienestar futuro? ¿Quiénes acaudillan el mundo? Al continente que lleva el nombre de la princesa fenicia que Zeus raptó para llevar a Creta ¿qué conjuro le ha robado la dignidad, tal vez para lavar esa afrenta? Del otro lado del océano y desafiando la historia, un hijo de la esclavitud tiene la posibilidad de liderar la mayor potencia mundial ¿por qué no se lo ve clamando contra el hambre y la opresión en sintonía con sus orígenes? ¿Es que él no “tiene un sueño”? ¡Qué despierte el Leñador! como clamaba el poeta.

No quieren a los extranjeros en sus tierras, pero ponen barreras al comercio de los países subdesarrollados, niegan la transferencia de tecnología, miran para otro lado cuando millones de personas mueren de SIDA o de hambre. Como dice un juglar contemporáneo “se arman hasta los dientes para defender la paz” de las cuales, alardean, son garantes. Pero, ¿quién realmente hoy amenaza la Paz mundial, sino estas mezquinas, desesperanzadoras y enanas políticas de los países industrializados?

No voy a caer en el lugar común de decir que Roma cayó. Pero se derrumbó.