viernes, 1 de noviembre de 2013

Ucrania, acta de independencia final


Fiodor Lukiánov (RIA NOVOSTI)

Durante los 22 años de independencia de Ucrania el mundo se acostumbró a que Kiev no dejase de maniobrar.

Ucrania no tardó en anunciar su vía hacia la europeización, que deriva de la propia lógica del desarrollo de Europa Oriental tras el derrumbe del comunismo. Al mismo tiempo, Kiev intentaba mantener sus relaciones especiales con Rusia.

Esta ambigüedad tiene su lógica. Debido a su historia y a su variada población Ucrania no ha podido romper todos los lazos con Moscú, a diferencia de algunos otros Estados post soviéticos -como los países Bálticos- que lo hicieron a pesar del inminente colapso económico.

También Rusia hizo un importante aporte a este carácter especial de las relaciones bilaterales. Moscú no pudo resignarse a que Ucrania, que siempre se percibió como una parte inseparable de Rusia, sea un Estado, extranjero de verdad. Los rusos no han podido imaginar que dos pueblos tan cercanos algún día se puedan separar sin más ni más.

A partir de 1991, Rusia y Ucrania han sido dos países que se negaban a creer que ya no dependían el uno del otro. Esto generaba cierta desconfianza mutua, pero también confería un carácter especial a las relaciones bilaterales. Los cambios radicales, emprendidos por Víctor Yúschenko, fracasaron, dejando al descubierto la vanidad e inviabilidad del intento.

Sin embargo, nada intermedio puede ser eterno. Por supuesto, Kiev estaría encantado de seguir gozando de todas las ventajas de esta ambigüedad.

Ucrania aún está lejos de ser una nación unida políticamente con sus intereses bien formulados. Por eso, como demostró el ejemplo de Yúschenko, cualquier elección final puede derivar en inestabilidad.

Fin de la ambiguedad

Ucrania ya no puede evitar hacer su opción, se la exigen sus socios externos.

Rusia está cambiando. Su deseo de mantener el liderazgo en el territorio de la antigua URSS se va plasmando en planes concretos. La Unión Aduanera, con todas sus deficiencias, representa el primer proyecto serio de integración después de la desaparición de la URSS. Sus miembros gozarán de ciertos privilegios, pero también asumirán compromisos: por eso ya no valdrá una participación nominal, un estatus intermedio.

Al mismo tiempo, Rusia, aun interesada en la adhesión de Ucrania, no está dispuesta a pagar cualquier precio por atraerla.

La Unión Europea (UE) exige claridad.

Bruselas fue la primera voz en decir que Kiev debe elegir, porque es imposible combinar los dos vectores. El Acuerdo de la Asociación no es una forma de integración, ni siquiera se trata de una prueba de cara a la membresía, y sin embargo obliga a adoptar normas que reducen bruscamente el espacio para maniobrar. La UE no se preocupa por las consecuencias que supone esto para Ucrania, aunque amenacen con la pérdida de sus mercados principales y problemas con su suministrador de energía.

Esta presión de la UE es comprensible. Ahora, con la crisis europea y terminada la ampliación, es muy importante para Bruselas mostrar que sigue avanzando y siendo el principal centro de atracción en Europa. Los acuerdos propuestos a los países de la Asociación Oriental de la UE, no imponen obligaciones sobre Bruselas, pero permiten mantener a sus vecinos dentro de su órbita hasta que lleguen tiempos mejores, cuando la Europa común sepa qué es lo que quiere de Kíev o Chisináu.

Rusia aparte

Al reiniciar sus relaciones con Europa, Ucrania opta por una vía que descarta la continuación del carácter especial de relaciones con Rusia. Pasando a un régimen normal de comercio con Ucrania, como con cualquier otro país, Moscú sellará el reconocimiento de la independencia de Kiev. Es posible que en el futuro aparezcan nuevos formatos de relaciones más favorables, pero habrá que construirlas a partir de cero.

Es un hecho doloroso, sobre todo para Kiev, pero la independencia tiene su precio. Lo más importante es que las decisiones sobre el destino del país se basen en cálculos sensatos y no en consignas políticas. Aunque en el caso de Ucrania, al analizar lo que dicen sus gobernantes, resulta difícil evitar la duda de que así sea.